MAYO O LA VIDA EN JUEGO

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En este final de temporada nuestro CEO reflexiona en su columna de este mes sobre lo cerca que están el triunfo y el fracaso y las consecuencias de estar a un lado o a otro de esa línea tan fina

Los que elegimos el deporte profesional como parte inseparable de nuestra profesión (en los despachos, pese a lo que soñamos muchos de pequeños) sabemos que estamos atrapados en una industria particular. Sí, ya lo sé, todas las industrias tienes sus particularidades. Pero no me refiero a eso. La industria del deporte profesional es diferente a cualquier otra. Porque en ella se juega con dos riesgos: el empresarial -común a cualquier sector- y el deportivo -único y diferente a todo-.

Sí, ya sé también que la suerte forma parte consustancial de nuestras vidas, pero aquí lo hace con una dimensión mayor que en ningún otro sector. Por supuesto, está claro que, si gestionas mal las cosas saldrán mal seguro; pero también es cierto que, si lo haces bien, no hay garantías al cien por cien de que las cosas salgan bien. Al menos, en el corto plazo. Lo que sucede es que, en nuestra industria, por desgracia, el medio plazo -no digo ya el largo- no suele existir mucho. En cualquier caso, quedémonos con la frase que muchos atribuyen al gran golfista Gary Player. Esa que dice algo así como “cuanto más entreno, más suerte tengo”. Genial.

Seguramente, al final de una liga entera todos los equipos ocupan en la clasificación el lugar que les corresponde. Aunque en ello hay siempre un cierto margen. Ese que te hace caer en el abismo más absoluto o en el éxito más rotundo. Curioso que en el deporte no haya término medio y que uno u otro balance sólo dependa de que el balón, tras golpear el palo, cruce la línea meta o se pasee sobre ella. Mayo es ese mes en el que un simple lance en un partido cambia la vida de los clubes y de quienes lo forman. Dejando de lado las emociones -cómo es posible decir esto cuando hablamos de fútbol-, hay demasiado dinero y demasiado futuro en juego. Porque la diferencia entre estar en primera o en segunda es tan enorme que proyectos, carreras, familias y vidas dependen de esa última jugada.

Este año nosotros lo hemos vivido intensamente con el Valladolid, por el enorme aprecio, personal y profesional, que en la Plaza de la Lealtad sentimos desde siempre por Ronaldo, quien seguro ha vivido sensaciones que jamás pensó pudieran ser tan intensas. El fútbol es un juego de suma cero, que premia y castiga con extraordinaria frialdad y sin demasiada compasión a los que se atreven a formar parte de él. Un juego en el que sólo hay vencedores y vencidos. Quienes ríen y quienes lloran. Desde la empatía que siento hacia el resto de clubes y aficionados que lucharon hasta el final por la permanencia, no puedo esconder mi alegría por un club, una ciudad y unos profesionales con los que nos hemos mimetizado en los últimos meses y con quienes hemos compartido la angustia de esta recta final de temporada.

Este mismo análisis, con mayo de nuevo para ese examen final, vale para el baloncesto. La diferencia es que en este caso el balón es más grande y que ahora se trata de meterlo dentro de una canasta en lugar de entre unos palos. Aquí me ha tocado vivir en primera persona la valentía de una gran persona y de un magnífico gestor. Dio un paso al frente cuando cualquiera que hubiera aplicado la más mínima lógica no habría asumido el reto y se habría quitado de en medio. Quizás desde esa reflexión tan tópica del “nada que ganar y mucho que perder”, que tantas veces nos lleva a la autojustificación. Pero lo hizo desde un admirable sentido de la responsabilidad. Y porque el deporte profesional -pues claro que sí- es también pasión, corazón y asumir riesgos. Una vez tomada la decisión -a mi juicio desde esos parámetros-, emergió también el líder, contagiando a todos con su energía y determinación, cambiando la mentalidad de un grupo que parecía desahuciado y volviendo a ilusionar a una ciudad con el baloncesto y con un proyecto basado en el trabajo y la honestidad.

Por desgracia, el equipo venía de un pozo tan profundo en la clasificación que el milagro de la última jornada no fue posible. Pero tampoco en “Campeones” -qué película para ver en familia- entró esa última canasta que todos erróneamente esperábamos y que sí habría entrado en cualquier película americana en esa final de instituto. ¿Y qué importa eso? A mí cada vez más sólo me importan los valientes. Y en ese grupo está Nacho Núñez, al frente de su Gipuzkoa Basket, con un proyecto que seguro dará que hablar.

Ya está acabando mayo. Pero pronto llegará septiembre. Y con él, esa nueva oportunidad de lucha, hasta llegar otra vez a un nuevo examen final dentro de un año. Otra vez en mayo.

Y de nuevo, la vida en juego.

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